sábado, junio 04, 2011

Concluye una tragedia, comienza otra.

Justo el mismo día que se conoció el polémico fallo de la cámara por la extracción de ADN de los Noble Herrera, a mil seiscientos kilómetros ya teníamos nuestra propia conmoción local: la sentencia a 20 años al Cabo Colombil por el desencadenante de aquel terrible día, nominado (el desencadenante) como homicidio calificado por abuso funcional con el protagonismo de la últimamente afamada y difusa figura del "dolo eventual". Reventarle la cabeza a un pibe por la nuca a menos de dos metros de distancia, haber mentido sobre algunas de las circunstancias para que "parezca un accidente", plantarle un arma a la víctima (aunque esto no está probado lo hubiera hecho el joven cabo) parecían suficientes argumentos para la reclusión perpetua que la ley prevé para estos casos. Pero por suerte llegaron los Derechos Humanos (mirá qué bueno, también son para los policías) para rebajarle una pena que, con viento a favor y en bajada, tal vez le de la posibilidad de rehacer algo de su vida. Cayó bien al tribunal un sentido pedido de disculpas a la familia y el hacerse cargo del hecho. Jugaron a su favor también su corta edad (cerca a los 25 años), ser sostén de familia, la falta de antecedentes, etc. Se consideraron las circunstancias de extrema precariedad laboral con la que cuenta la policía provincial pero tal cosa no suma a un haber exculpatorio sino que se consideró a la hora de plantear una regulación de la pena. La maquinaria judicial hizo lo suyo, y no hubo que esperar mucho tiempo, eso parece ser bueno.

Comienza entonces ahora la tragedia del Cabo, atrapado en esta situación por circunstancias que bien pueden ser imputadas a una relación social sobre la cual es importante reflexionar. Él fue en este caso el instrumento del Orden provincial que se reserva a los marginados y no se visibiliza intención alguna de revisar todo lo que hay, hubo y habrá detrás de ese largo brazo de la ley (tal vez cuando se trate el asunto de las muertes por la represión o en custodia policial, pero eso está estancado por ahora). El encadenamiento de cuestiones objetivas (arma e indumentaria inadecuada) y subjetivas (cansancio, fastidio y desprecio por la vida del otro) que llevaron el hecho final e incontrastable de que una bala que salió de su arma terminó en la nuca de un pibe de 15 años que huía de él habla de la complejidad que se puede encontrar en los rincones olvidados de nuestro espacio social.

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