miércoles, julio 22, 2009

¿Quién me escondió el yelmo?

Fue una legua cuesta abajo del castillo de los Hasburg, creo que en la segunda curva, que los duendes me hicieron perder el equilibrio. No sé con qué prodigio de la magia fabricaron esa perfecta placa de hielo, durísima, imposible de transitar por cualquier cristiano, cuando de repente ¡zas!, este noble caballero dio con la cabeza contra el suelo. Y fue entonces que los cuatro o cinco moros que venían detrás me alcanzaron al grito de "¿estás bien?". Luego de disipados los efectos del aturdimiento por el golpe, debí decir algo así como:

Eso creo, bien, porque he tenido con el gigante la más descomunal y desaforada batalla que pienso tener en todos los días de mi vida, y de un revés, ¡zas!, le derribé la cabeza en el suelo, y fue tanta la sangre que le salió, que los arroyos corrían por la tierra como si fueran de agua.

Los cobardes huyeron de inmediato, por lo que debí incorporarme por mis medios y completar el trayecto hasta abajo, para rescatar a la infanta Micomicona. Luego de superados los otros escollos maquinados por los pérfidos duendes logré alcanzar la meta. Y allí estaba, debajo del arco rojo, enfundada en su famoso tapado azul... como la soñé alguna vez.

Algunos dicen que, de haber portado el yelmo de Mambrino, esto hubiera sido simplemente una carrerita pedestre hasta la cima del Cerro Otto y regreso, en cuya llegada me esperaría Cecilia, como siempre, acostumbrada a estos infantilismos míos. Pero los duendes no podrán engañarme. Eso sí, concedo que el yelmo me hubiera ahorrado dolores de cabeza y confusiones. Dicen que obtuve un 42º puesto (de 69 rudos caballeros y ágiles damas que partieron a la conquista de la tierra de los Hasburg) pero demando al menos el 37º puesto moral, arrebatado vilmente por los malditos duendes y sus hielos.


2 Comentarios:

Anonymous Anónimo espetó...

Mucho Quijote vos eh!!!!

Tu Micomicona

22/7/09 14:38  
Blogger MaxD espetó...

Y bue...

28/7/09 13:43  

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