Michel Foucault y los piqueteros

El viernes pasado se cumplieron 20 años del fallecimiento de este filósofo y ensayista francés, de un pensamiento lúcido y sorprendente. Si les llega a interesar pueden leer una pequeña reseña de su vida y obra y algunas notas más en el Página 12. Pero, haciendo alusión a una gran frase suya allí publicada:
Todos mis libros son pequeñas cajas de herramientas. Si la gente quiere abrirlos, usar tal frase o tal análisis como un destornillador o una pinza para provocar un cortocircuito, descalificar o quebrar los sistemas de poder, incluidos aquellos de donde eventualmente salen mis libros... ¡Y bueno, mucho mejor!
Voy a intentar un pequeño ensayo que espero no sea un foucaulticidio, me gustaría al menos que aporte algún punto de discusión interesante, particularmente alrededor de esta cuestión de los piqueteros, que tanta prensa está teniendo últimamente, aparte del doble aniversario del asesinato de Kosteki y Santillán por parte de la policía. Veamos...
El pensamiento de Foucault es sumamente extenso y su estudio requiere una dedicación de mucho más que unos minutos de lectura. Más que ideas, como él dice, se trata de herramientas que, con la práctica, pueden ayudarnos a cavar cada vez más hondo en ciertos misterios de la vida humana, a cuestionarlos y pensarlos de una manera distinta a la que habitualmente estamos acostumbrados. Esto no llegará a ser ni un asomo de punta de iceberg, pero puede (eso quisiera) que les provoque algún agite neuronal como el que me provoca a mí.
El equívoco
Partiré indicando un doble equívoco sobre el que insisto desde hace tiempo. Se suele echar las culpas de nuestros males sobre los políticos en particular, pero también sobre todo lo que esté relacionado con la política en general. Como si la política en sí fuera intrínsecamente dañina para nuestro vivir. Yo interpretaría que este mal proviene básicamente de la sensación de que en la práctica política siempre se cae en la ambición de poder, lo cual nos llevaría una y otra vez a la ruina. Con lo cual se concluye que todo lo relacionado con la política y el poder está podrido y destinado indefectiblemente a caer en la corrupción. Por lo tanto, lo más sano para nosotros sería alejarnos lo más posible de la política y el poder. Este es, según MF, el triunfo del humanismo:
Entiendo por humanismo el conjunto de discursos mediante los cuales se le dice al hombre occidental: “si bien tú no ejerces el poder, puedes sin embargo ser soberano. Aún más; cuanto más renuncies a ejercer el poder y cuanto más sometido estés a lo que se te impone, más serás soberano” ... En suma, el humanismo es todo aquello a través de lo cual se ha obstruido el deseo de poder en Occidente -prohibido querer el poder, excluida la posibilidad de tomarlo-...
(“Más allá del bien y del mal”, entrevista realizada por revista Actuel, nº 14, 1971)
MF ataca al humanismo con una falta de corrección política que provoca cierto escozor, sobre todo para aquellos que nos consideramos buenos tipos, pacíficos y honestos, que no nos metemos con nadie y que tratamos de pensar cívicamente en cada elección “qué es lo mejor para el país”. Pero bienvenida sea la provocación, ya que nos ayuda a salir del equívoco que significa que lo mejor que podemos hacer es mantenernos alejados del poder y del daño que se puede generar por desearlo. No se apuren a imaginarse esto como una remake de la toma del Palacio de Invierno. No se trata de ello. Veamos que nos dice sobre el poder.
Microfísica del poder
La gran incógnita actualmente es: ¿Quién ejerce el poder? Y ¿dónde lo ejerce? Actualmente se sabe prácticamente quién explota, a dónde va el provecho, entre qué manos pasa y dónde se invierte, mientras que el poder... Se sabe bien que no son sólo los gobernantes los que detentan el poder. Pero la noción de “clase dirigente” no es ni muy clara ni está muy elaborada...
... sería necesario saber bien hasta dónde se ejerce el poder, por qué conexiones y hasta qué instancias, ínfimas con frecuencia, de jerarquía, de control, de vigilancia, de prohibición, de sujeciones. Por todas partes en donde existe el poder, el poder se ejerce. Nadie, hablando con propiedad, es el titular de él; y, sin embargo se ejerce en una determinada dirección, con los unos de una parte y los otros de otra; no se sabe quién lo tiene exactamente; pero se sabe quién no lo tiene...
(“Los intelectuales y el poder”, entrevista realizada por revista L`Arc, nº 49, 1972)
Esta es una idea realmente interesante. Un concepto de poder que no puede ser poseído, acumulado en potencia, como se dice en politología, sino que fluye en determinada dirección y se ejerce en acto. Como múltiples vectores que apuntan hacia un lado y que, obviamente, se enfrentan a otros que apuntan hacia otro, de ello nos queda una resultante. Los grandes centros de regeneración de poder serían las instituciones (escuelas, prisiones, tribunales, hospitales, manicomios), pero el flujo, en su circulación llega al mismo sujeto social individual en forma capilar:
…cuando pienso en la mecánica del poder, pienso en su forma capilar de existencia, en el punto en el que el poder encuentra el núcleo mismo de los individuos, alcanza su cuerpo, se inserta en sus gestos, actitudes, sus discursos, su aprendizaje, su vida cotidiana ...
(“Entrevista sobre la prisión: El libro y su método”, revista Magazine Littérarie, nº 101, junio 1975).
Saber es poder, poder es saber
¿Cómo es posible la circulación de poder a un nivel tan microscópico que ni nos damos cuenta? Se trata de producir saberes legítimos que se inserten como sistemas operativos en nuestro hardware corporal, valga la analogía informática, sin los cuales no podríamos funcionar (esa es la sensación que provocan) y los cuales reproducimos una y otra vez, en nuestra vida cotidiana.
No hay ejercicio de poder posible sin una cierta economía de los discursos de verdad que funcionen en, y a partir de esta pareja. Estamos sometidos a la producción de la verdad desde el poder y no podemos ejercitar el poder más que a través de la producción de verdad.
(Curso del 14 de enero de 1976 pronunciado por MF en el College de France).
He aquí la cuestión: el poder se inscribe en nuestros cuerpos a través de los discursos, de la generación de verdades legitimadas por una estructura de poder dada, una estructura que funciona más o menos aceitadamente (sino no podría estar legitimada) que nos premia cuando honramos ese discurso y esas verdades, y que nos reprime, primero sutilmente, si nos corremos de la línea, pero siempre con el discurso, los significados, los saberes.
Entonces, si el poder circula con los discursos, es posible una lucha de discursos, una pugna por significados, de eso se trataría la pelea por el poder, de lograr imponer un discurso, generar una producción de verdad distinta.
Demos una vuelta de tuerca a lo planteado al principio. Se nos adoctrina, se nos enseña que desear el poder es malo, es dañino y que, en el mejor de los casos, el poder se ejerce desde las urnas. Que si ponemos en cuestión esta relación de soberanía en la cual jugamos un papel pasivo (de obediencia legítima), estamos lastimando al “bien común”. Cuando una sociedad está medianamente sana (si se me permite el biologicismo), sería porque estos dispositivos discursivos alcanzan a meterse en los lugares más recónditos sin mayores resistencias y recirculando a través de los individuos formando una retícula que cubre todo el cuerpo social... y “funciona aceitadamente”.
Esos “malditos” piqueteros

Pero ellos están ahí, y suben la apuesta, y se quedan en la calle. Chequeo con algún sistema de medición un poco distinto que el “humor social de la clase media” y veo que hay una verdad, que, a pesar de estar cerca del 10% de crecimiento anual del PBI, todavía hay un 47% de pobres, un 20% de indigentes y casi otro 20% de desempleados (sin contar los benditos “planes”). ¿Y si pensáramos a los piqueteros como aquellos que están imponiendo una lucha por el poder, por la generación de discursos, de verdades? ¿Y si ellos son el “síntoma” que sigue apareciendo a pesar de los discursos legítimos en contra de su presencia?
¿Y si son una forma de escapar al cerrojo del humanismo?
... este cerrojo puede ser atacado de dos maneras. Ya sea por un “des-sometimiento” de la voluntad de poder (es decir por la lucha política en tanto que lucha de clase), ya sea por un trabajo de destrucción del sujeto como pseudo-soberano (es decir mediante el ataque “cultural”: supresión de los tabúes, de limitaciones y de separaciones sexuales; práctica de la existencia comunitaria; desinhibición respecto a la droga; ruptura de todas las prohibiciones y de todas las cadenas mediante las que se recontruye y se reconduce la individualidad normativa).
(“Más allá del bien y del mal”, entrevista realizada por revista Actuel, nº 14, 1971)
Me refiero especialmente a esto segundo, porque ellos demuestran una capacidad de experiencia comunitaria que nosotros, como clase media, hemos perdido. Yo veo aquí un resentimiento social, un resentimiento hacia aquellos que se asocian y se potencian, que se las arreglan con poco. Que agarran esos planes miserables y hacen comedores, hacen panaderías, un talleres de hilados... que se juntan y logran cosas al margen de lo que se les dice que deberían hacer, de lo que dice el discurso que dice qué es lo que hay que hacer. Nos pintaron la cara, nosotros no pudimos hacer durar las asambleas barriales, rápidamente nos sacudimos con asco cuando nos empezamos a dar cuenta que estábamos haciendo “política” (puajjjj!!) y nos fuimos a casa a mirar la tele.
Pero ellos siguen allí, ¿Y si son nuestra esperanza de que “algo distinto sea posible”? Si ellos no estuvieran poniendo en cuestión algunas verdades todavía legítimas, ¿no hubiéramos caído rápidamente en lo mismo de siempre: agachar la cabeza, pagar la deuda, que los pobres laburen si quieren y que si no pueden, se jodan, y los que laburamos nos dedicamos a ir de la cama al living, comprarnos algo, salir de vacaciones? ¿No es la de los piqueteros una respuesta, un discurso, una verdad más deseable, más digna que la de un país que deja morir de hambre a buena parte de su población? Con solo hojear las noticias podés enterarte que en Paraguay unos choferes de micros se crucifican estoicamente (con clavos en las manos, nada de atarse) para pedir que el Estado no suspenda las licencias de las empresas para las que trabajan porque perderían sus empleos; de la misma forma también te podés enterar que en Perú y en Bolivia se les está dando por linchar alcaldes por considerarlos corruptos. Y vos te lanzás con toda la furia contra estos grupos que cortan calles, piden trabajo y como no hay, exigen planes para organizarse y sobrevivir de manera digna... y lo logran. Si ellos no estuvieran allí, tal vez ya nos hubiéramos olvidado de las verdades que dicen los fríos números: que mucha gente se caga de hambre. Ellos pueden ser la esperanza de la condición humana: que no están dispuestos a dejarse morir de hambre.
¿Y?¿Se agitó la neurona? Si llegaron hasta acá ¿Se entendió algo?