Un bautismo con un marco (o una pared) con reminiscencias setentistas
El sábado nos invitaron a un bautismo. Como no somos practicantes, medio que pintaba embole, pero bueno, se trataba de una familia muy amiga, así que por supuesto teníamos que asistir. Quien oficiaba la ceremonia es un cura muy reconocido en Bariloche, de hecho casi seguro había bautizado a casi todos los NyC allí presentes. A este buen hombre se ve que se le ocurrió pasearnos a los clasemedieros acomodados de Bariloche a una iglesia de un barrio humilde. Virgen Misionera es casi un enclave de clase media baja en el oeste de la ciudad, ese gigantesco brazo poblacional que llega hasta el Llao Llao. La iglesia, de construcción sencilla y moderna, en una estructura octogonal, muy luminosa y poco ornamentada. Pocas veces me sentí cómodo dentro de una iglesia, pocas veces no me sentí abrumado por el ambiente lúgubre, oscuro, por las imágenes dolientes y todo el aire de culpa que allí se respira. Esta fue una de esas pocas veces.
Esta situación de cuasi relajo me permitió recorrerla un poco, me llamaban la atención algunos cuadros que había colgados en una de las paredes y cuando me acerqué sentí un estremecimiento, pero no uno de esos que son provocados por el miedo, sino por cierta feliz perplejidad. Allí estaban, colgadas en la pared, las imágenes y los nombres de, entre otros, Carlos Mugica, Enrique Angelelli, Óscar Romero, los Palotinos asesinados en la Masacre de San Patricio, y otros tantos nombres que no retuve. Incluso destacaba un provocativo póster de Fidel Castro saludando a Juan Pablo II. Supongo que don Jorge Bergoglio no aprobaría este exceso de zurdaje en la casa del señor, ni este ni tantos otros que se dan en parroquias humildes de todo el país. Qué emoción y orgullo sentí de poder estar ahí. Ya me dieron ganas de bautizarlo a Jx.
Por supuesto, esta experiencia me provocó algunas nostalgias.
Esta situación de cuasi relajo me permitió recorrerla un poco, me llamaban la atención algunos cuadros que había colgados en una de las paredes y cuando me acerqué sentí un estremecimiento, pero no uno de esos que son provocados por el miedo, sino por cierta feliz perplejidad. Allí estaban, colgadas en la pared, las imágenes y los nombres de, entre otros, Carlos Mugica, Enrique Angelelli, Óscar Romero, los Palotinos asesinados en la Masacre de San Patricio, y otros tantos nombres que no retuve. Incluso destacaba un provocativo póster de Fidel Castro saludando a Juan Pablo II. Supongo que don Jorge Bergoglio no aprobaría este exceso de zurdaje en la casa del señor, ni este ni tantos otros que se dan en parroquias humildes de todo el país. Qué emoción y orgullo sentí de poder estar ahí. Ya me dieron ganas de bautizarlo a Jx.
Por supuesto, esta experiencia me provocó algunas nostalgias.
