
No escapa a nadie el escándalo del 17 durante el homenaje a J. D. Perón luego del traslado de sus restos. A la vista de algunos observadores, en realidad, todo fue un escándalo, desde la decisión de trasladar los restos, hasta el acto mismo, la presencia programada de Kirchner (no consumada por razones obvias) junto a lo más rancio de la dirigencia sindical, las declaraciones justificatorias posteriores a los hechos. Marcha peronista con ruidos de pólvora y piedrazos de fondo. Todo en el marco de un edificio de una arquitectura bastante fea para mi gusto, donde revientan las palomas (un problema no previsto por sus arquitectos).

La cuestión de Perón en la política argentina es central y su estudio es fascinante. Varios intelectuales han escrito excelentes ensayos e investigaciones al respecto, y es un tema que no se agota. A 61 años de aquel primer 17 de octubre, su impronta sigue rondándonos y generándonos problemas (intelectuales y de los otros).
Me resisto a banalizar su influencia con el clásico “son todos negros peronchos” ó “qué país de m…”. Es obvio para mí que hay mucho más detrás de eso y que merece estudiarse con detenimiento.
Una extraña mezcla de coyuntura internacional, de situación interna que empujó a grandes masas desde el campo hacia las ciudades, de burguesía en ascenso, de oligarquía agotada, de inflexión política y de muchas cosas más… pero con el ingrediente indispensable de un personaje evidentemente hábil como para leer todo esto y hacer un proyecto de país. Porque es así, el primer peronismo fue el único gobierno argentino que pudo diseñar y ejecutar con mediano éxito un modelo de desarrollo con posibilidades de crecimiento inclusivas para una gran mayoría de la población, que hasta entonces estaba fuera de todo juego político.
Claro está que el juego estaba planteado en forma clara: “todos a mí”. Perón personalizó de tal forma su gobierno que concitó los conocidos odios y amores. Logró movilizar a su favor a las masas, pudo articularlas de forma de canalizar y utilizar su poder, el consabido
corporativismo. Con solo un movimiento de manos las gentes iban y venían de un lado para el otro. E incluso durante su proscripción, seguía manejando los hilos de la política argentina desde otro continente: ya sea llamando a la abstención o a la confrontación armada.
No coincido con aquellos que dicen que arruinó el país o que si no fuera por el peronismo estaríamos mejor. Apareció en el momento que tenía que aparecer y vino a llenar un inmenso vacío en la arena política. Tan extenso era ese espacio que inmediatamente se convirtió en el centro de aquella escena. En política nacional, todo gira en torno del peronismo, hasta sus más acérrimos opositores se organizaron (aún lo hacen) en función de esta fuerza política (de lo que hace, de lo que va a hacer, de las alianzas que pueda constituir, de sus estrategias, etc.) El espacio estaba, y lo llenó él, y le dio forma de una determinada manera que, nos guste o no, funcionó por un tiempo (mucho más que el que los oligarcas y la gran burguesía hubiera querido).
Autoritarismo, filo-fascismo, caudillismo, hiperpersonalismo, son algunos de los
ismos de los que adoleció y aún adolece. Se lo corre así por izquierda y desde la burguesía progre; de poco democrático, tan poco democrático que tuvo que ser expulsado del poder con bombas sobre la plaza, crimen apoyado por las mismas izquierdas que lo denunciaban de dictador. Desde la derecha reaccionaria (la más
gorila se diría), bueno, se lo corre de una forma más torpe, como siempre, pero con evidente ensañamiento, aquella fue la de la valiente idea de hacer llover las bombas de marras sobre la gente… y luego los fusilamientos, las torturas y desapariciones.
Es que Argentina padeció (padece) la falta de una burguesía industrial dirigente que pudiera imponerse y tomar las riendas al estilo “liberal” (ese proyecto que los grandes ilustres como Sarmiento y Alberdi, no pudieron hacer realidad). La oligarquía y la gran burguesía eran demasiado poderosas para enfrentarlas a solas, aún cuando las condiciones de guerra (primera mitad del siglo XX) la favorecían… así que fue necesario generar una alianza con otra clase, la que iba a ser su mercado (académicamente a eso se llama ruptura del
empate hegemónico). Ahí estuvo Perón, para articular y timonear esta alianza. Claro que le imprimió un estilo propio. ¿Hubiera sido posible de otra forma? Seguramente sí, pero quien sabe si mejor o peor.
Grafico ese flujo de poder cual raíz de múltiples ramificaciones que van convergiendo bien desde abajo hasta llegar al tronco que sale a la superficie. Eso es
corporativismo, ese fue el diseño de poder del peronismo (no exclusivo de éste), y cuya efectividad le dio esa acumulación de poder plausible de ser manejado. Hoy de sigue discutiendo si el 17 de octubre de 1945 fue una expresión espontánea del pueblo o fue un preludio de esa manipulación. La huelga estaba organizada por sindicatos para el 18, pero curiosamente la gente se adelantó un día y fue a la plaza. Entiendo que para Perón lo bueno es que fueron a él, que le dieron un espaldarazo para que sus aliados lo sacaran de la cárcel y lo llevaran al balcón, el lanzamiento de la carrera política más poderosa de nuestra historia.
Pero a Perón no le gustaba para nada la espontaneidad, todo debía estar reglado y tenía sus vías únicas de expresión. No creía en una democracia “desde abajo”, en realidad le temía a la volatilidad de esa experiencia, más cerca de los
soviets rojos (ese peligro debía ser desterrado) que del corporativismo nacionalista que quería instrumentar. Nobleza obliga, en realidad en aquellos años poca gente en el mundo creía en una “democracia”, en el sentido que le imprimimos hoy día. Esa canalización requería de una estructura, la cual fue brindada por un sindicalismo diseñado a su medida. Por otro lado, el empresariado debía ordenarse de manera similar. Simplificando en exceso, el General se sentaba a la mesa con dos tipos y organizaba todo… esos dos tipos debían lograr que todos los de abajo les hicieran caso.
Ahora bien, cada nudo/convergencia de esa ramificación significan
subespacios de poder. Puntos de concentración, donde finalmente se enquistaron personajes que cobraron vida propia. Perón los dejaba hacer mientras le respondieran a él, en un exceso de pragmatismo, para mi gusto. En esa carrera se usaron mecanismos que nos chocan desde el punto de vista de la clase media progre: caudillismo, clientelismo, falta de discusión de ideas, achatamiento cultural, manipulación de la educación, etc.
Por otro lado, la ausencia del líder durante su largo exilio también dejó crecer, en la mixtura de ideas y formas políticas de los ’60, una nueva generación de izquierdas que le vino como anillo al dedo para hacerle la guerra a sus proscriptores. Eso lo hacía feliz, como en el caso de los sindicatos, siempre y cuando le respondieran a él. Por eso no se bancó que esos “jóvenes imberbes” vinieran a plantearle algunas cosas. Y se quedó con la otra parte, la que ganó Ezeiza de prepo.
Haciendo un brusco salto en el tiempo (obviando toda una compleja historia de transformaciones que merece tratarse con otro detenimiento), esa estructura de flujo de poder todavía funciona, a su manera, y es a lo que echan mano cada uno de los gobiernos peronistas, junto con el icono Peron/Evita, independientemente de sus contenidos. El justicialismo de la nueva era (el del ’83 en adelante) tuvo miedo de desprenderse de aquello y le negó la reforma de esa estructura sindical al alfonsinismo, cuyo proyecto de ley de democratización de sindicatos hubiera sido, acaso uno de sus mejores aportes. Ese revés hirió de muerte a aquel gobierno y coadyuvó a los traspiés que luego lo llevaron a caerse. Aún hoy no lo han hecho, lo cual lleva a la pregunta de si existe peronismo sin corporativismo, sin unicato sindicalista. Probablemente no, y por eso se resisten. Ese sistema se transformó, se adaptó a los ’90 como instrumento de burocracia funcional al neoliberalismo menemista (neocorporativismo para negociar con empresarios los nuevos negocios y la apertura del mercado). Esa estructura tomó cierta vida propia y, cual macana de aprendiz de mago, cada tanto se “desboca” en excesos y escenas de patetismo dramático como el de los tiros de San Vicente, con la marchita de fondo. Ya no está Merlín/Perón para volver las cosas a
su (propio) cauce. Y los que quedan no se hacen cargo, las patotas pegan, hacen el trabajo sucio, todos se indignan pero nadie se despega ni finalmente quiere desprenderse. Hoy escucho que el presidente Kirchner, a modo de despecho por los escándalos del Hospital Francés y San Vicente, quisiera despegarse un poco de la CGT y acercarse a la CTA (que no puede obtener la personería jurídica desde que se creó, justamente por ese unicato)… hasta que no lo vea en concreto no lo creo.
Aún así, el peronismo sigue siendo el único movimiento capaz de producir gobiernos viables (malos, buenos, nos gusten poco, mucho o nada), el resto mira y a lo sumo patalea sin poder salirse de su lógica de frustración e impotencia. Será necesaria una mejor lectura del escenario político y por supuesto,
mucho huevo, para ofrecer alternativas. No está fácil.
En realidad tenía ganas de hacer comentarios sobre unas notas muy interesantes que leí en la
Revista Nueva Sociedad sobre nacionalismos e izquierdas en el nuevo escenario latinoamericano, pero los sucesos me llevaron hacia otro lado. Veré si puedo publicar algo luego.